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Las médulas | “Ordenó Augusto explotar el suelo. Así, trabajando penosamente bajo la tierra, los astures comenzaron a conocer sus propias riquezas al buscarlas para otros”, así describió el historiador romano Floro lo ocurrido tras la conquista del extremo occidental de lo que hoy es la provincia de León.
El paisaje deriva de las antiguas explotaciones auríferas romanas en esta zona. “...hechas cuevas por largos espacios, cavan los montes con luces de candiles, y ellas mismas son la medida del trabajo y vigilias, y en muchos casos no se ve el día” “... las cabezas de los arcos se abren y hienden y dan señal de ruina. Y sólo la conoce aquel que es vigilante en la altura del monte. Este, con la voz y golpes, manda a los obreros que de presto se aparten...” “...quebrantado el monte cae por sí mismo, con tan grande estruendo y viento que no puede ser concebido por la mente humana...”.
Así describe el geógrafo y naturalista romano Plinio el Viejo en su obra Naturalis Historia el procedimiento de extracción de oro, conocida como Ruina Montium. Consistía esta técnica en la excavación manual de una compleja red de pozos y galerías en los que, de forma repentina, se soltaban importantes cantidades de agua que, debido a la erosión y al efecto de golpe de ariete, producía el derrumbe de buena parte de la montaña. Pero cuando la perforación alcanzaba un núcleo de roca viva se hacia necesario emplear otros procedimientos como la aplicación de fuego y vinagre para desmenuzarla.
Derrumbada ya la montaña y separadas las rocas, el barro es conducido hasta pequeños estanques que hoy se antojan como bellos rincones convertidos en estanques como el sugerente lago Somido en las cercanías de Las Médulas.
Las fosas eran construidas en forma de gradas que se recubren de arbustos ásperos para retener el ansiado metal, del que llegaron a extraerse alrededor de 800.000 kilogramos dejando este paisaje casi irreal.
El mencionado Plinio cuenta que “existe otra labor más costosa todavía, y es traer ríos desde las cimas de los montes para lavar este derrumbamiento, a veces desde cien millas de distancia”. Para paliar este problema los romanos realizaron en el noroeste peninsular una obra hidráulica sin precedentes en todo el Imperio, llegando incluso a realizar el primer trasvase de la historia de agua entre dos cuencas fluviales.
Desde el punto de vista medioambiental, el Espacio Natural de Las Médulas se caracteriza por un clima mediterráneo de gran influencia atlántica. El matorral con aulagas, escobas, retamas, jaras, carqueixas y brezos ocupa una amplia superficie, mientras que con respecto a los bosques hay que resaltar los de ribera con sauces, alisos y álamos, además de los encinares, rebollares, nogales y algún alcornoque disperso. Perol árbol emblemático aquí es el castaño, posiblemente introducido por los romanos.
Atendiendo a la fauna, cabe destacar el conejo, la liebre y diversas especies de reptiles, además de las aves insectívoras que abundan en los bosques de ribera. Y en el resto de este entorno único en el mundo es fácil encontrarse con el jabalí, la gineta, el tejón, el azor, el cárabo, el lirón careto, el gavilán o la paloma torcaz.
Pero nada de esto hubiera sido posible sin el empleo de ingentes cantidades de mano de obra. Miles y miles de hombres fueron necesarios para esculpir la tierra hasta estos extremos, dejándose la vida sin obtener nada a cambio. Tal era el grado de explotación humana que Silio, otro autor de la época, denomina “pallidus” a los mineros por el color que su piel adquiere al estar impregnada constantemente de tierra preñada de oro. Se puede afirmar que Las Médulas, hoy declarado Patrimonio de la Humanidad, es uno de los paisajes más bellos que el ser humano puede admirar. |